Gladys

por Octavio Müller Leiva

[Primer cuento, escrito antes de adoptar su seudónimo. Publicado el 31 de diciembre de 1926, pág-54-56. Se desconoce el medio en que fue publicado.]

 
Todo amor es terrible,
todo amor es una tragedia
Oscar Wilde

Mi amigo Luciano, que siempre había sido el prototipo de la alegría y del buen decir, el que con sus chistes y graciosos dichos mantenía en constante hilaridad a los muchachos que formábamos el corrillo diario, cambió de repente su carácter transformándose en taciturno y profundamente meditativo.

Yo tenia por él una especial deferencia y nos ligaba una estrecha y bien correspondida amistad, afianzada desde nuestra infancia, no solo por el afecto que mutuamente nos profesamos, sino también porque su familia siempre me había hecho objeto de sus más delicadas atenciones, conservando yo latente en todo momento una profunda y agradecida retribución. Su repentino cambio de carácter me alarmó, y si en las primeras veces de observarlo en este estado de ánimo no quise interrogarlo, fue debido a un egoísmo o celo de amistad; esperaba que de él partiera la iniciativa de su confidencia; pero venciendo esta vanidad que a fuerza de ser natural, es ilógica, me acerque al buen amigo e inquirí de él, invocando los sentimientos de nuestra profunda amistad, la causa de su retraimiento y de la pena amarga que se retrataba en su rostro antes tan jovial y alegre. Entonces con tristeza dolorosa en el semblante, emocionada la voz y en tono lento y quejumbroso me contestó:

ˇAy, mi querido amigo Carlos, solo tú que tienes un alma sensible, podrás comprender la pena que embarga mi corazón y quiero hacerte mi confidente, entregando a tu discreción mis dolores y la aflicción de mi alma!

Pues bien, creo que tú no ignoras las íntimas relaciones de cariño que existían entre Gladys y yo. Ella constituía para mí, mi felicidad, y la amaba con delirio, con una de esas pasiones frenéticas que nos hace olvidar todo en la vida, para concretarnos por entero al ser amado, no encontrado la tranquilidad y el sosiego, sino cuando estamos junto al ser a quien hemos consagrado nuestras vida. Pero el destino que siempre me ha sido adverso, martillando despiadadamente mi existencia quiso también esta vez hacerme víctima de su saña; y de dolor en dolor, en poco tiempo de incontables angustias para mí, la muerte me arrebató el ídolo de mi corazón. Yo veía que aquella existencia querida se iba acortando más y más cada día; preveía el desenlace fatal de aquella enfermedad; pero la duda y la esperanza me hacían concebir la probabilidad de que su vida no terminaría tan pronto, como queriendo transmitir a su organismo más vida, nueva savia de salud, en el vehemente anhelo y deseo de conservar su preciosa existencia.

Un día, de esto hace poco, Gladys como en un sueño de doliente y magnánimo esfuerzo, me dijo:

Óyeme Luciano, sé que voy a morir y no veremos realizado nuestro ideal; no podré ser tu esposa y esto es lo que me hace sufrir más, pues convencida de la inmensidad de tu cariño, yo partiré de éste mundo, dejándote solo, entregado al dolor de haberme perdido.

Quiero dejar en mi lugar a alguien que como yo te comprenda y te haga mitigar tu justa pena y que, andando el tiempo, quién sabe si ante lo inevitable, yo ya bajo el mármol frío de la fosa y en la mansión del reposo eterno, no llegues sino a olvidar mi cariño, talvez a profesar a mi hermana Enriqueta, poco menos o tanto amor como el que a mí me tienes. Cásate, pues, con ella…, y como si para pronunciar éste su postrer pedido hubiese tenido que hacer un esfuerzo inmenso dobló su adorable cabeza, rodando por sus mejillas gruesas lágrimas, que cuál perlas de Oriente, resbalaron por mis manos para caer sobre la imagen de Jesús, que en un crucifijo obsequiado por mí, conservaba entre sus deformes dedos:

Mi amigo hizo una pequeña pausa y continuó:

Vuelta en sí de éste doloroso desmayo, siguió hablándome con voz compulsa y entrecortada:

—Ya ves, mi querido Luciano: el reumatismo, implacable con mi organismo, ha dado a éstos mis pobres brazos la forma horrible de un arco; mis dedos, éstos que tú tantas veces encontrabas perfectos, no son sino despojos repulsivos, sin acción; mí cuerpo entero como tú ves, desarticulado, no es sino un conjunto de huesos y de carne sin orden ni vida.

Así; Luciano, accede a ésta mi última suplica, cumple con lo que tan encarecidamente te pido, hazlo en recuerdo a nuestro amor, te lo ruega tu Gladys que desde el más allá velará por ti.

Embargada mi voz por la emoción y el hondo sentimiento que me producían sus frases llenas del más puro amor y que en la súplica tornábase sublime y purificadora de su justificado egoísmo, no pudiendo comprender el fondo de su elevada abnegación, díjele entre sollozos.

ˇOh, mi Gladys idolatrada, no me hables así, no pienses ni remotamente en que puedas morir; Dios no puede llamarte todavía a su seno, Gladys. Exageras el estado de tu salud, el médico me ha dicho que no estás tan grave. No me exijas una promesa, que cumplida solo por satisfacerte, me haría víctima de un padecimiento constante. Además Enriqueta no tiene tu alma ni tu corazón.

Ella también iría al matrimonio sólo obligada por ti; iría sin cariño, ni siquiera por afectos posibles de transformarse en amor.

Luciano perdóname si insisto en mi justa súplica, yo bien sé lo que te pido, quiero tu dicha, tu felicidad, sé firmemente que voy a morir y quiero que no me niegues ésta, mi última voluntad.

Pasaron algunos días de ésta conversación con Gladys y una noche que llovía torrencialmente, sentí que a mi puerta llamaron presurosos. Acudí un tanto agitado a abrirla, y oh estupor, reconozco al criado.

Recibir la misiva, fue recibir un baño de agua helada. Ella agonizaba, y en sus postreros estertores me llamaba a su lado.

Abrí la mampara, traspasé el umbral de su puerta, llegué a su lecho y caí en sus brazos. Al verme, con una respiración entrecortada y haciendo esfuerzos sobrehumanos pudo incorporarse y me dijo:

—Luciano siento que llega mi fin.

Yo, sentado sobre su lecho, contemplaba su rostro exagüe, del que se escapaba la vida por momentos.

Hubo un prolongado silencio. Al cabo de un rato Gladys habló:

—Luciano, te pido que al pie de mi lecho de moribunda me jures que te casarás con mi hermana Enriqueta. żLo harás?.

—Sí— respondí.

Terminada ésta frase, aquella masa de carne humana abandonó este mundo, y yo loco de desesperación cogí su rostro y mil veces lo besé en la boca

Al mes de fallecida Gladys, Enriqueta cae enferma de una neumonía y bruscamente en menos de diez días fue llevada a la tumba, no pudiendo cumplir así el juramento que en el lecho de muerte le hice a Gladys.

—Así, Carlos, tu comprenderás cuán desengañado estoy de la vida, de todo y de todos. Soy un amargado y no es mía la culpa. Sí, lo veo todo negro, del negro de mis desesperanzas y de mis sueños marchitos. Cuántas amarguras, cuántos dolores y cuantos desengaños he conocido en mi vida. Sí, soy un amargado..

Después de terminar esta triste narración, vi que por sus mejillas rodaban gruesas lágrimas y comprendí cuan grande y sublime era su dolor

 

Octavio Müller Leiva

 


© SISIB - Universidad de Chile y Karen P. Müller Turina