Oreste Plath: Un chileno que supo
reivindicar tradiciones y costumbres.

José María Palacios

Diario La Segunda, Santiago de Chile, 31 de Julio de 1996, p. 10.

La semana pasada, Chile perdió una pupila que supo desentrañar, por descubrimientos con talento y fervor, tradiciones y costumbres chilenas. Chillanejo (*)por nacimiento, sólo con haber dedicado sus investigaciones a su región nativa podria haber alcanzado relieve. Pero Oreste Plath tenia una conciencia muy clarividente respecto a que Chile posee tierra y gente entre la pampa nortina y el austro, entre mar y cordillera. Y que para tener visiones nítidas en torno a la una y la otra era imperativo hurgar, en sus raíces, cosechar sus vivencias y experiencias, de modo que en rostro aflorara su alma.

¡Qué lástima que no hubiera sido pintor! Sus pinceles podrian haber ilustrado con el grafismo más elocuente todo el rico y siempre fecundo trasfondo de nuestro rostro aparente. Pero sabía emplear la pluma y traducir con ella grandes panorámicas y pequeños detalles. Era artista cabal. Y tan pleno de inquietudes y curiosidad, que untó su pluma con rara sapiencia para revelarnos la amplitud y riqueza de nuestro folklore.

El ayer nos había entregado ya otras grandes figuras que marcharon por idéntico derrotero: Julio Vicuña Cifuentes, Antonio Acevedo Hernández, Carlos Keller, Eugenio Pereira Salas, Roberto Hernández y varios otros. No parecía fácil, en consecuencia, reabrir surcos seculares y obtener nuevas cosechas. Sin embargo, podía intentarse la aventura. Y Oreste Plath dio en recorrer el país, establecer diálogos meditados con rincones geográficos y sus habitantes, para reivindicar aspectos que a muchos les parecen inéditos y conjugan el alma nacional entrañable.

Hombre de apariencia pacífica y austera, tenía un espíritu revolucionario e inquisidor. Y así como con la primera conquistaba la simpatía humana, con el segundo vigilaba agudamente que nuestras tradiciones y costumbres se ampliaran hacia el conocimiento común. Escribió, con soltura y sin mayores alardes, sobre todo lo que veía como auténticas expresiones populares. En bocetos breves, en artículos periodísticos, en libros de poemas y de ensayos. Su particular sensibilidad le permitía ver y sentir lo que otros descuidaban al pasar ligero e indolente.

A Oreste Plath lo traté por más de cuarenta años. Alternamos en la antigua bohemia santiaguina, en viajes por el norte o el sur, en una esquina o un café. También en su hogar. En la década del 50, a raíz de una de esas inolvidables Escuelas de Verano que creara la inolvidable maestra que fue Amanda Labarca, reunió en amena reunión a todo un grupo de folklorólogos latinoamericanos. Rosa Elvira Figueroa, directora de la Escuela Nacional de Danzas de Lima, era una de las figuras invitadas. Y en el living de su casa, Oreste Plath se bailó con ella una marinera peruana. ¡Que no dijeran que sólo era teórico!

Los archivos de la Biblioteca Nacional fueron como su segunda casa. Pero la primera y principal era esta Patria suya, con la cual también intimaba a diario al calor de los romances, leyendas y costumbres populares. Y así, con paciencia benedictina, fue de aquí para allá, como un juglar inspirado, fervoroso y de natural talante.

Oreste Plath fue espíritu noble y generoso. No escatimaba esfuerzos en sus investigaciones y su constancia en ellas está testimoniado en la casi increíble cantidad de sus escritos. Personalmente yo aún me sorprendo de lo acucioso que pudo ser, de lo sagaz que fue para desentrañar tanta riqueza de nuestro folklore.

Pienso que ahora será como muy extraño no poder volver a tratarlo. De veras que nos hará falta, con su humor, con sus picardías, con esa vitalidad envidiable que sabia lucir, con la galanura que trataba al sexo femenino, con el raciocinio que conversaba, con el ingenio lúcido y agudo que tenía siempre a flor de labios.

Cuando supe de su muerte, aun cuando predecible por lo grave de su enfermedad, en mi interior glosé la del Cid Campeador según Vicente Huidobro: Una lágrima rueda por todo Chile y se hace el silencio. ¿Ois lo que digo? ¡Oreste Plath ha muerto!

Se me quiebra la voz...

 

 

(*)Oreste Plath nació en Santiago. Nota de Karen Müller Turina


© SISIB - Universidad de Chile y Karen P. Müller Turina